Recuerdo la primera vez que vi este trabajo, iba yo en la secundaria y mi profesor decidió ponerlo para intentar explicarnos que hasta las ideas más simples podían tener valor y que de nosotros dependía otorgarlo. Tiempo después volví a verlo en una cátedra de historia del arte, la maestra estaba empeñada en decirnos no sé qué madres de la estética y el arte efímero, era días previos a mi cumpleaños. En esa ocasión me puse a llorar como niña. Sucede que en la secundaria no presté atención al paisaje urbano que Francis iba recorriendo casi poéticamente con un hielo, de esos de raspados que en otros lugares conocen como sorbetes cuando les aplicas jarabe de sabor. Sigo sin saber a la fecha (y no lo pienso investigar) qué carajo quiso decir al caminar con ese bloque enorme por toda la ciudad mientras las calles lo iban consumiendo de a poco, lo cierto es que no soportaba (aunque sabía que era inevitable) pensar que el hielo se acabaría en algún momento. Me puse a pensar entonces que debió evitar aquellos lugares donde el sol pegaba más fuerte, o tal vez, hacerlo de noche para que durara un poquito más. Bah, seguro Francis lo que quería era que se consumiera lo antes posible porque ya no aguantaba la espalda. La verdad es que es un trabajo magnifico para mí por todos los simbolismos que yo le otorgo, como dijo el cuate que me dio clases en la secu y porque su composición es bellísima. ¿Qué puede describir mejor la vida de un mexicano que recorre las calles a diario sin saber a donde va? La realidad es la misma, el hielo de la vida se acabará un día. Al final sólo las calles conocen los pasos que la recorrieron. Mojamos veredas. . Se secan. Algunas nos desgastan más que otras. Viajamos. Somos minúsculos. Nos consumimos. Nada somos.
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